La práctica del racionalismo

En la vida cotidiana, se enfrentan dos cuestiones de valor básicas por todos: primera, si el individuo es libre o predestinado en sus pensamientos y acciones; segunda, si debería prevalecer la igualdad o desigualdad entre la gente. No existen normas absolutas para la libertad, ni para la igualdad –ni para sus opuestos. Pero las respuestas a estas cuestiones guían al individuo a vivir y luchar por más libertad e igualdad o conformarse con menos. Como consecuencia, la elección marca la pauta para sus aspiraciones y acciones. Por tanto, interesa averiguar respuestas racionalistas a las dos cuestiones y las pautas para su práctica correspondientes.

Una enorme sección de la gente siente que sus pensamientos y acciones están predestinados, no libres. Suponen que sus vidas está guiadas e incluso determinadas por disposición divina, la suerte, convención social, leyes gubernamentales, condiciones económicas y/o circunstancias materiales. Un creyente honesto en Dios puede hasta negarse la libertad por completo, aunque en realidad no llega al punto que desea. Debe ejercer algo de iniciativa y voluntad para arreglársela en la vida. Pero su presunción que está predestinado inhibe la acción, y evita la intervención activa en lo posible. La gran indiferencia y timidez de la gente resulta de su elección a entregarse –a una cosa u otra.

Asimismo, mucha gente siente que las desigualdades son inevitables y que cada quien debe luchar por su propia supervivencia y comodidad. Aunque cada quien puede ser a veces compasivo, la elección a favor de las desigualdades da más para el egoísmo que la generosidad en muchos aspectos de la vida.

Rebelarse contra el statu quo

Obviamente, un racionalista no se satisface con la clase de vida obtenida actualmente por la mayoría de la gente. Descarta la fe en dios, destino, alma y el más allá como irracionales y elige declarar la libertad de restricciones religiosas. Sin embargo, la superstición religiosa no es el único factor que restringe la libertad. Convenciones sociales de diferencias de clase, poder político de autoridad totalitaria, control económico de explotación capitalista y arrogancia cultural de superioridad étnica pisotean a las masas, despojándolas de los derechos y libertades normales. Para ser consecuente con su profesiones, el racionalista debería luchar contra estos males también.

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El reconocimiento de la autonomía de individuo debería volver al racionalista más moral e igual con sus prójimos que libertino y licencioso. Todos los humanos pertenecen a la misma especie humana: en forma y capacidad se parecen mucho más de lo que se difieren. Sus gustos y talentos no varían mucho más que los granos de maíz en la mazorca. Además, las cualidades de esfuerzo, acogimiento y compasión suavizan las desventajas que nacen de las diferencias. Por eso la igualdad entre la gente es, en general, correcta y racional.

Pero las diferencias entre rico y pobre, entre señor y súbdito, entre negro y nórdico se han exagerado por las antiguas costumbres que abandonan la libertad y reconocieron como naturales las desigualdades. La práctica del racionalismo que libera y promueve la igualdad entre la gente debería cambiar el orden antiguo. La pauta para la vida racionalista y el método de frenar las antiguas son de gran interés a los racionalistas.

Libertad e igualdad

La autonomía del individuo y la igualdad entre la gente son los dos principios guiadores para la práctica del racionalismo. Pero la igualdad es un corolario de la autonomía. Si todos actúan libremente, en gran medida la igualdad prevalece entre ellos, por ser de la misma especie humana. Sin embargo, la existencia de grandes desigualdades indica que la gente no actúa con una sensación de libertad.

Los pocos que disfrutan de la libertad, tambien disfrutan de los beneficios de la civilización. Viven en confort y de lujo. Los demás, especialmente los millones en la Asia y África, viven oprimidos y necesitados porque no sienten que están libres. Consideran que el rumbo de sus vidas están determinadas por Dios, por el destino, por el gobierno, por convenciones sociales, por orden económico o por circunstancias materiales. Si estos factores fueran reales, influirían en la vida de todos por igual, como sol que brilla igual sobre todo lo que esté en su camino. Que algunos se sienten libres y otros no, demuestra que la creencia en dios, gobierno, etc... es más bien una fe supersticiosa que una realidad objetiva. Por eso, es el deber del racionalista despejar la superstición para que la gente se sienta libre y se encaminen a la igualdad.

El ser humano, amo

Las circunstancias materiales, como el viento, lluvia, sol y la tierra son realidades, pero no alcanzan a moldear la vida. Por otra parte, la civilización consiste en el control de la humanidad sobre estos fenómenos físicos. Los procesos de la agricultura, minería, siderurgia, medicina e ingeniería apuntan a aprovechar los recursos naturales conforme con los deseos humanos. La grandeza de la vida humana radica en dominar el clima –no someterse a él.

A diferencia del viento y lluvia, los demás factores no son reales: Dios, destino, gobierno, convención y propiedad son concebidos y mantenidos por la gente como apoyos para adquirir conocimiento y aumentar la capacidad de organización y de logro. Los apoyos pueden ser modificados o descartados según la voluntad y gusto de la gente. Por ejemplo, la forma de la fe determina la forma de Dios: cuando la gente deja de creer en él, desaparece por completo. Asimismo, un gobierno deriva su autoridad de la cooperación e impuestos que le brinda la gente. Si la mayoría no cooperara y dejara de pagar sus impuestos, el gobierno se destina al colapso. La convención social y propiedad privada sólo permanecen por el respeto que se les dé. Así que los seres humanos son los creadores, amos y señores de Dios, gobierno, propiedad y convención. Suponer que la humanidad fue creada por dios o que sea súbdita de un gobierno delata su autodecepción y servilismo. La práctica del racionalismo despeja esta ilusión y libera la gente de las inferioridades.

El racionalista contempla Dios, gobierno, propiedad, etc... con la sensación de libertad; por eso los entiende desde otra óptica que la supersticiosa. Para él Dios no es la realidad final, ni el poder supremo: Dios es una falsedad, o a lo sumo una hipótesis. Por eso, el racionalista también es ateísta. Políticamente se vuelve un demócrata libre y enérgico porque un gobierno es el único medio de regular las relaciones sociales, éticas y económica, y jamás puede ser autoritario. El concepto de ley natural también pierde su inflexibilidad, sólo vale como una interpretación de experiencia; la forma de una ley varía acorde las nuevas experiencias y perspicacias.

En gran medida, un racionalista se siente amo y señor en cada situación. Bien puede colaborar con cualquiera, pero no se somete a nadie. Es un amigo fiel, pero jamás un esclavo. La queja pasiva no tiene lugar en su vida; con voluntad y confianza dirige su vida a la conquista de sus aspiraciones. No siempre logra todo lo que desea. Sus prójimos y las circunstancias influyen el rumbo de su vida tanto como él los controla con la fuerza de sus acciones. El resultado es el producto de varias fuerzas, pero su esfuerzo es enteramente suyo. Con su esfuerzo no sólo puede guiarse hacia el resultado deseado, sino también conocer y ajustar las otras fuerzas para lograr su objetivo. Los frutos de sus acciones se conforman con sus deseos en la medida que su empeño es firme y fuerte en comparación con las otras fuerzas. Mientras que el supersticioso deambula por bien o mal, impotentemente, en la corriente de las circunstancias, el racionalista lleva una vida consciente y hace su camino. No hay fracaso para él: toda experiencia enriquece el conocimiento y alienta a más acción. (agosto, 1969)

Fuente: THE_NEED_OF_ATHEISM-gora.

Publicación Web autorizada por Atheist Centree, Derechos Reservados. Traducción provisoria por Carmen Chas

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